PRÓLOGO



¡Auch! ¡Ya es la tercera caja con la que tropiezo! ¿Has venido a vivir conmigo, o te has vuelto caracol de repente y has traído tu casa a cuestas? ―escuchó Mario desde la puerta de entrada, sonriendo al mismo tiempo que comenzaba a desembalar la primera de las cinco cajas que estaban dispersas por el dormitorio.
―Y…, ¿no es ese el significado de vivir juntos? ―preguntó, alzando la voz―. ¿Inundarte de mis cosas y dejar una estela de babas a mi paso, cual caracol enamorado?
Oyó un gruñido y levantó la vista. Allí estaba Ángel, flanqueando la puerta de la habitación, con el polo azul del uniforme de patrón de barco de recreo y la gorra con la insignia de dos anclas cruzadas, del mismo modo que lo estaban sus brazos sobre su pecho, mirando a Mario con cara de “te voy a retorcer el pescuezo”.
―Solo babas es lo que va a quedar de ti cuando te absorba como a una ración de caracoles.
―Mmm... Pues empieza a preparar tus labios para chupar y chupar, porque aquí ―Mario se agarró la entrepierna a través de la tela de sus pantalones, regalándole a Ángel un rostro pícaro― hay un molusco muy sabroso que te va a llenar la boca, y ya lleva la salsa incluida y calentita.
―Mario… ―Ángel no pudo evitar sonreír antes de volver a intentar ponerse serio, cosa que le resultaba arduamente difícil cuando el anticuario con el que había decidido vivir después de dos años de relación, se agarraba la polla y se mordía los labios―. Venga, Indiana Jones, ¿por qué no terminas pronto con las cajas de esta habitación para que podamos irnos a la cama? Deja para el fin de semana las que asedian el salón.
―Espera ―comenzó Mario, frotándose el bulto más que notorio a través de sus vaqueros―, que cojo el gorro y pongo a punto mi látigo para “La última cruzada”. Adivina dónde tengo escondido el Santo Grial…
El nuevo magreo que Mario propinó a su miembro no dejó lugar a dudas de dónde permanecía oculto el supuesto cáliz.
―Mario, estoy cansado. Hoy ha sido un día duro. Solo quiero cenar algo ligero y dormir.
―De acuerdo ―dijo resignado Mario, dejando libre su entrepierna―. Ayúdame con las cajas y así terminaremos antes.
Ángel resopló, pero se dispuso a abrir la caja que estaba más cerca de él. Cuando retiró la cinta de embalaje, un olor a antiguo llegó a su nariz. Metió la mano y cogió un pequeño cubo de cristal transparente que guardaba en su interior un reloj de bolsillo dorado.
―¿Mario…? ―preguntó con retintín Ángel, mientras le mostraba lo que sostenía en la mano―. ¿Qué te dije acerca de llenarme la casa de todo lo que vas consiguiendo en las subastas de antigüedades?
El susodicho estiró sus labios en una sonrisa que no tenía nada que envidiar a la del gato Cheshire.
―Pero…
―Sí, lo sé ―lo cortó Ángel―. Este objeto es único en el mundo ―tarareó, imitando el tono misterioso que Mario siempre usaba cuando se disponía a relatar las insoportables y tediosas historias de las baratijas que adquiría.
―Pero…
―Sí, también lo sé. Hay toda una leyenda inaudita detrás de él ―farfulló de forma cansina.
―Pero esta es diferente ―se apresuró a decir Mario, antes de que Ángel lo volviera a silenciar.
―¿Diferente como aquella en la que un hacha más podrida que un zombi con lepra acabó con la vida de uno de los mayores tiranos de la época vikinga? ¿O como esa donde una mujer a la que llamaban Santa Varendona tuvo ocho hijos con un cinturón de castigad? Santa Pendona, diría yo.
―No, Ángel ―susurró Mario, comenzando a poner su voz de cuentacuentos―. Esta es de piratas.
―¡Vaya, lo que me faltaba! Un Jack Sparrow en la ecuación.
Mario puso una cara de emoticono feliz, levantando sus cejas sugestivamente antes de ronronear:
―De piratas gais.
―¿Ves? Lo que yo decía, un Jack Sparrow.
―Pero en esta historia hay intriga, persecuciones, abordajes, muerte, misterio, luchas a espada y… sexo. ―Mario se acercó a Ángel lentamente y puso una mano sobre su abdomen, acariciándolo de forma suave mientras juntaba los labios con los del patrón de barco. Murmurando sobre ellos, repitió―: Mucho, mucho sexo; de ese que te pone los ojos en blanco y hace que los dedos de tus pies se doblen. ―Le dio un mordisco tentador en el labio inferior antes de apartarse unos centímetros del rostro que ahora lo observaba sonriente y con un deseo tranquilo.
―Mario, estoy un poco cansado…
―Momento perfecto entonces para que te tumbes conmigo en la cama y comience la leyenda del pirata al que llamaban… ―Mario levantó su mentón teatralmente junto con una de sus manos, llevándola de izquierda a derecha en una línea imaginaria mientras decía―: “El corsario invicto”.
―Ufff…
―Nada de “ufff”. Ven.
Mario lo cogió del antebrazo y lo tumbó junto con él en la cama, acomodando varios cojines a su espalda para quedar medio erguido sobre ella, y comenzó:
―En mil cuatrocientos noventa y… ―Un ronquido fingido por parte de Ángel lo interrumpió. Le dio un codazo juguetón y empezó de nuevo―: En 1492, gracias a Cristóbal Colón, las llamadas Islas Orientales fueron descubiertas. España, apoyada por la iglesia católica y gracias a las innumerables piezas de oro, plata y perlas que conseguía por la explotación de las minas peruanas, la colonización de los territorios azteca e inca, la masacre y sometimiento de los indígenas, y la creación de nuevas ciudades en los principales puertos de Centroamérica, financió así la construcción de barcos más potentes e impuso su hegemonía sobre las guerras que se llevaban a cabo en Europa.
―¿Me vas a contar un leyenda o a darme una clase de Historia? Mira que para eso tenemos a doña Wikipedia.
―Te estoy metiendo en ambiente, impaciente.
―¿Por qué no me metes otra cosa? ¿Esta historia no iba de sexo del bueno?

Mario gruñó con un leve toque de amonestación. Ángel suspiró, derrotado, y lo dejó proseguir.





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1 comentarios:

  1. Hola Ya lo tengo en mis manos!!!! cuando lo lea comento!!! :)

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